La semana pasada organicé una challenge gratuita de Qi Gong.
Sobre el papel parecía algo muy sencillo: siete días de prácticas simples para mover la energía, reducir la tensión y volver a conectar con el cuerpo. En la práctica fue una auténtica prueba para mí: una de las experiencias más exigentes de los últimos tiempos, a nivel técnico, físico y mental.
Hubo problemas técnicos: enlaces que no funcionaban, plataformas que no hacían lo que yo esperaba. Una serie de pequeños inconvenientes que, cuando ya estás cansada, se sienten mucho más grandes de lo que realmente son.
Físicamente no estaba bien. Estaba en pleno proceso de una gripe fuerte que empezó justo el primer día de la challenge y que agotó la poca energía que tenía. Además, dolores por todo el cuerpo y la cabeza embotada.
Mentalmente, estaba bajo mucha presión. Me hacía las mismas preguntas una y otra vez:
¿Debería posponerla?
¿Es correcto mostrarse así?
Si la pospongo, ¿estaré decepcionando a las personas que se han apuntado?
Y luego estaba otro aspecto importante: la participación.
En realidad fueron dos challenges, uno en inglés y otro en italiano (en español, pronto….). Para mí era importante hacerlo en ambos idiomas, porque refleja quién soy y los “puentes” que quiero construir. Pero los números fueron bajos: se apuntaron 7 personas, la mayoría no participó en directo y muy pocas vieron las grabaciones. Si soy honesta, mi vocecita perfeccionista tenía mucho que decir al respecto…
Aun así, decidí seguir adelante.
No en mi mejor forma.
Desde luego, no de manera perfecta.
No con la energía que hubiera querido transmitir.
Seguí adelante tal y como estaba en ese momento.
Y esa decisión —más que los números, más que la tecnología, más que la gripe— es lo que hizo que esta experiencia fuera tan significativa para mí.
En Qi Gong hablamos mucho de flujo, de escuchar al cuerpo, de adaptarnos en lugar de forzar, de acoger la realidad tal como es en vez de desearla diferente. La semana pasada me pidió poner todo esto en práctica, no solo enseñarlo.
Hubo momentos en los que mi voz era muy baja y mis movimientos más lentos. Y en lugar de resistirme, lo acepté como parte de la práctica. Dejé que las sesiones fueran lo que necesitaban ser: suaves, enraizadas, reales.
Algo que ahora tengo muy claro es que el impacto que generamos no siempre se mide en números. Siete personas pueden parecer pocas. Pero detrás de cada inscripción había una persona real: un sistema nervioso, un cuerpo con necesidad de moverse, un espacio robado a una vida acelerada para hacer una pausa, respirar, moverse. Algunas participaron en directo; otras vieron las grabaciones. Otras quizá aún no han practicado —y está bien así. Las semillas no brotan en el mismo momento en que se plantan.
Quiero añadir algo más, porque siento que muchas de vosotras os reconoceréis en estas palabras: hacer las cosas de forma imperfecta no es un fracaso. Para mí, es una forma de actuar con integridad. Habría sido más fácil cancelar la challenge, esperar a sentirme mejor, más preparada. Pero la vida rara vez espera a que las condiciones sean perfectas.
Esta challenge también me recordó por qué hago este trabajo. No para lucirme, sino para crear espacios donde la presencia importa más que la perfección.
No veo esta semana como algo que “no funcionó” (aunque la vocecita de mi ego intente convencerme de eso). Prefiero verla como un comienzo silencioso, un ejercicio de confianza, una lección de resiliencia —para mí y para quienes se inscribieron.
El Qi no nos pide ser perfectas.
Nos pide ser honestas, escuchar y escucharnos, estar presentes con constancia y compasión.
Y eso, para mí, ya es un éxito.
Hay otra cosa que quiero compartir porque es importante para mí. No sé si las challenges son el formato que mejor encaja conmigo; sinceramente, todavía no lo sé. Esta experiencia, su estructura, los tiempos y la energía que requiere me han dado mucho en qué pensar. Pero en lugar de vivir esta incertidumbre como un problema, elijo verla como información valiosa.
Lo que sí tengo claro es esto: estoy muy orgullosa de haberla llevado a cabo a pesar de todo. A pesar de las dudas, los números bajos, la gripe, los problemas técnicos y esa vocecita que no dejaba de preguntarme: “¿de verdad merece la pena?”. El verdadero crecimiento, la verdadera transformación, no sucede cuando todo va bien y sin problemas.
En las próximas semanas revisaré todo con atención:
cada email enviado,
cada grabación,
cada propuesta de reflexión,
cada material que he creado.
Lo revisaré sin juicio, pero con curiosidad.
Estoy convencida de que las lecciones de la semana pasada y las intuiciones que solo aparecen cuando actuamos me guiarán hacia el formato que mejor me represente y que me permita servir mejor a mis alumnas y clientes, presentes y futuras. Un formato sostenible para mí, alineado con quien soy y con mis valores.
Con esta challenge no quería demostrar nada. Solo quería crear una experiencia de escucha del cuerpo y de la propia energía. Y aunque el formato aún no esté del todo claro, al menos he dado el primer paso —y eso es lo que cuenta.
A veces, la verdadera práctica es simplemente estar ahí.

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